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Gabriel Ochoa Uribe, el maestro de maestros en la historia del fútbol colombiano

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Gabriel Ochoa Uribe no nació un año cualquiera. El suyo, 1929, retumba en la memoria de la humanidad y así lo hará por los siglos de los siglos. En uno solo de sus días, el martes negro 29 de octubre, millones de personas se sumieron en la ruina por el crack de la Bolsa de Nueva York y de la economía mundial. 

Muchos años después, Gabriel Ochoa Uribe supo que esa opción, la de perder, estaba tan cerca de la de ganar. E, incluso, vivían juntas. Más aún en ese país con cara de parroquia al que había llegado a vivir y del que no se iría más que por momentos, para siempre volver. Y seguir aquí hasta el último segundo, que lejano esté.   

Como también luego se enteró de que al tiempo que él nacía, hijo de Pedro Pablo Ochoa, minero, y de Tránsito Uribe –entonces ama de casa—, en el pueblo de Sopetrán, Antioquia, muy lejos de allí, en Estados Unidos otros venían al mundo de las historietas: Tarzán y Popeye el Marino. Y Tintín, en Francia. Un año de héroes, alguno de carne y hueso llamado Gabriel. Y otro más en casa de una familia obrera en el Moscú rojo de la época. Al niño, grande y de largos brazos, los Yashin eligieron llamarle Lev. Después todos le llamaríamos ‘La araña negra’. Lev Yashin nació en octubre del 29, tres semanas antes que Gabriel Ochoa, quien pisó tierra el 20 de noviembre.  

Es allí donde nació, Sopetrán, tierra con fundadas razones para llamarse así y, aparte, para entender que la minería es parte de su vida. Entonces, en la Conquista, para dar con la sal, indispensable para unos y otros. Y luego, con el oro de El Dorado. Es por ahí por donde pasa la primera parte de la vida de Gabriel Ochoa Uribe sin que él lo sepa, porque está muy chico –casi de dos años de edad— cuando su padre muere mientras araña esa tierra que se le viene encima y lo sepulta junto a otros compañeros. Gabriel queda huérfano al lado de sus hermanos, y al cuidado de una madre decidida a no perder una carrera que el destino le impone de un momento a otro. Frente a esa tragedia, doña Tránsito hace lo que siempre hará ante las adversidades, eso que inculcará en Gabriel y que este aprenderá sin quitar una tilde: plantar cara, ya sea cuando gana, lo único que le gusta; o las veces que pierde, aquello otro que aborrece tanto como condenarse a la resignación.

No pasará mucho tiempo para que Medellín se convierta en el siguiente desafío de los Ochoa Uribe. Es esa ciudad de entonces, mediados de los 30, la que los recibe, con poco más de 150 mil almas en agitación.

Gabriel es buen estudiante, lo dicen sus profesores. Y así certifican los pasajeros de la pensión en la que habita, donde le escuchan saber mucho más que de leer y escribir. A cambio, por esas lecciones que da en voz alta y que escuchan respetuosos en silencio (no pocos son analfabetas, como millones más en el país) le dan secretos para mandar desde la silla a esos táparos con los que hacen sus vidas. Uno de ellos se preocupa en especial de que sea mucho más que un simple chalán, lo quiere ver convertido en jinete. Él es don Iván García. Pronto se convertirá antes que en su padrastro en un auténtico segundo padre y en el nuevo esposo de su madre. El hombre prepara caballos para competir en el Hipódromo de San Fernando. Y mejor aún, para llegar primeros.  Gabriel ya sabe la diferencia entre lo uno y lo otro. Todos compiten, uno solo gana. A él le gusta ser este último, el que sabe ser primero. Nunca lo va a olvidar. Vivirá solo para eso.

Pero, y ese será el siguiente capítulo que aprenderá con sudor y lágrimas, y a veces con sangre, es que no se llega a yóquey sin sentirse caballo.  El San Fernando está muy lejos de la posada. Para algunos, hay dos formas de llegar allí. Para Gabriel, nada más que un niño con una ilusión metida en la cabeza, solo hay una: a pie. Allí le esperan las pesebreras que debe limpiar y dejar como nuevas. Y cuando por fin quedan a punto, viene el premio mayor: montar.

No tendrá más de diez años y ya, con esas labores, Gabriel aporta algunos pesos al presupuesto de la familia.  Al mismo tiempo, estudia y rinde en las calificaciones de sus maestros que lo ven como prospecto para ponerse los hábitos. Qué otro rumbo, piensan, le puede esperar a ese adulto metido en cuerpo de niño, al que, además, no se le escapa una sola de las citas en la iglesia a las que concurre sin falta del brazo de doña Tránsito.

Como se ve, Gabriel Ochoa tenía entonces, literalmente, una carrera a qué dedicarse. Más aún cuando sumaba triunfos, incluso en premios de categoría. Pero lo que prometía ir al galope encontró un obstáculo insalvable. Ya fuera porque doña Tránsito lo cuidaba mucho o porque, además, los Ochoa tenían como costumbre crecer y crecer en estatura, al adolescente Gabriel le fueron quedando, primero, chicas las botas; y enseguida los uniformes y los cascos.  Y la báscula también comenzó a quejarse por los kilos del mozalbete. 

No había mucho por hacer para rescatar a Gabriel, el yóquey. Era absurdo intentar volver a los tiempos de alistar caballos. Menos, entrenarlos. Solo se podía matar el tiempo en los descansos del colegio entre fútbol y baloncesto.

Es entonces cuando aparece Jesús María el ‘cura’ (que no era cura), quien buscaba futbolistas bajo las piedras, y a veces en los colegios. Jugadores dignos, decía, de resucitar a su equipo que había estado a punto de desaparecer. En esas se asomó por el San José y vio a ese mozalbete alto, delgado y moreno, aparte de altivo. Al  rostro le lanzó un “y vos, ¿de qué jugas?”. Gabriel Ochoa iba a responder que de nada, o que sí, que bajo la cesta por si alguna bola caía del cielo o tras rebotar en el tablero o en el aro, cuando el ‘cura’, respondón como era, se le adelantó. 

• De arquero,  ¿verdad?  

Y cuando Ochoa iba a decir que no, que eso era para gente que le gustaba correr poco, Jesús María Burgos –suma de dirigente, técnico, hincha, aguatero y recogepelotas— imploró…

• Decime que sí, que eres arquero, decime que sí.

Contra todo pronóstico, comenzando por el del propio Gabriel en persona,  Ochoa Uribe se hizo arquero ese día en el patio de su colegio, sin haber visto un balón de fútbol más que a una prudente distancia. 

Pero para doña Tránsito, Gabriel tenía que ser cura o médico. Imposible las dos cosas al mismo tiempo, que era lo que le hubiera gustado. Pero, ¿futbolista? Qué iba a sacar él con eso.

El ‘Cura’ entendió que esa pelea estaba perdida y que para ganar había que encontrar aliados. Entonces no tuvo mejor idea que recurrir a los curas de verdad.  Entre unos y otros la convencieron de que le diera permiso a ese debutante que ya entonces agarraba las pelotas con cierta facilidad, de pronto fruto de la práctica que adquirió en el breve paso del baloncesto, deporte que no iba a olvidar del todo.  

Con el Municipal, a donde fue a parar, Gabriel Ochoa recibió los primeros consejos francos de quien juega en su posición, esos que traen consigo los goles. Si un arquero no aprende de ellos, es como si el carpintero no entiende el mensaje que traen consigo los machucones; o el panadero se hace el tonto con las señales vivas que le dejan los hornos. 

En cosa de meses, el nombre de Ochoa Uribe, el arquero, saltó fronteras.  El América de Cali lo buscó y el ‘Cura’ hizo un nuevo milagro. Esta vez doña Tránsito, ama y señora de todos los destinos de su hijo, aceptó que fuera a Cali semana tras semana y volviera puntual a Medellín.  Ahí, pronto, con diecinueve años en tiempos en que la mayoría de edad se alcanzaba a los diecinueve, y con una gorra que lo hacía llamativo, aunque su fin no era otro que disimular la calvicie incipiente, y por 25 pesos al mes como salario, Gabriel Ochoa Uribe hizo parte de los pioneros del primer campeonato profesional en 1948, del cual además fue el jugador más joven, con un nuevo maestro como consejero, Fernando Paternoster, subcampeón mundial en el 30 con la camiseta nacional argentina, director técnico de la imberbe Selección Nacional antes del profesionalismo y coautor luego, en 1954, del primer título del Atlético Nacional.  Ese América, el de Paternoster y hecho solo de criollos, lo puso a sonar, lejos sí de los ecos de su homólogo Julio ‘Chonto’ Gaviria, antipénal (tapó seis de siete cobros) y cerrojo del campeón, Independiente Santa Fe, a la larga uno de sus colegas más admirados. 

Pero, como en los tangos (que tanto le gustan), el mundo siguió andando. Luego de un acuerdo a cuatro bandas entre doña Tránsito, el ‘Cura’, el América de Cali y Alfonso Senior, el joven Gabriel Ochoa Uribe se vistió de uno de los dos colores (azul y rojo) que marcarían su vida y entró a Bogotá por cuatro puertas: la de los Millonarios, la de El Campín, la del estadio Alfonso López de la Universidad Nacional y la de la facultad de Medicina de la Universidad Javeriana.  Otra vez la vieja acertaba y Gabriel tenía un salario de 560 pesos para pagar una habitación y mantener esa vida casi de fraile que llevaba, con alguna que otra volada para meterse unos aguardientes sabaneros con la disculpa de espantar el frío. 

Entre  1949 y 1953, sucede más de una paradoja de las tantas que ruedan con la pelota.  Ochoa, al llegar a los Millonarios, toca el cielo cuando se abre paso en lo que poco a poco terminaría siendo la era de El Dorado, como parte de ese ‘Ballet Azul’ al que la constelación de los Pedernera, Di Stéfano, Rossi y demás convierte en suceso con sus nombres y con su fútbol, que trasciende fronteras. Allí hay un momento inolvidable para todos (y una pesadilla para sus contendores), la época de la imbatibilidad. Poco y nada pierden durante partidos y partidos en los que los rivales resultan pequeños, hasta el punto que se dan el lujo (como lo cuenta Guillermo Ruiz Bonilla en su libro ‘La Gran Historia del Fútbol Profesional Colombiano, ediciones Dayscript) de anotar, contados y pactados entre la nómina, cinco goles por partido a los sucesivos diez contrincantes que el calendario les pone por delante.

Conoció allí también, y lo aplicaría después cuando ejerció como entrenador, que las exigencias deportivas y de comportamiento para los practicantes de un deporte cada vez más popular,  terminarían por obligar a todos a regirse por normas internas que no darían espacio a excepciones. O todos en el suelo o todos en la cama. De ahí dependía el éxito. 

Así las cosas, estamos ante un Gabriel Ochoa Uribe que a los 20 años es más que un adulto precoz. Y hay una lección más de esos mismos tiempos que vale no pasar de largo. El hijo de doña Tránsito no era titular, pero sí el mejor suplente de una leyenda llamada Julio Cozzi, con el que se colgó la medalla de alumno dilecto al compartir cuitas y, a la vez, aprender de sus enseñanzas. Habrá quienes digan que Gabriel Ochoa tuvo la mala suerte de coincidir con Cozzi.

De él y de su empeño por alcanzar los objetivos sin dar tregua a los obstáculos ni dársela él mismo queda demostrado con otros títulos. Los profesionales como médico: uno, en Colombia, el de la Javeriana, y dos, el de Brasil, especializado en traumatología y ortopedia en Río de Janeiro, junto a ese otro diablo al que le juró amor, el América de Río, al que llegó en 1955, cuando la burbuja disfrazada de bonanza de El Dorado se había esfumado de Colombia.  

En ese largo tránsito por Río hubo otra especialización, la de conocer y trabajar a órdenes de Martim Francisco Ribeiro de Andrada. Ese hombre –que era su jefe— y que tuvo el valor de proponer, y aplicar, un planteamiento que rompía con el pasado y que sonaba absurdo: 4-2-4, algo que, hasta donde se supiera, nadie se había atrevido a hacer por estos lados. 

Ahí es cuando, en el peldaño siguiente, Gabriel Ochoa Uribe, después del Mundial de Suiza en 1954, se pone en el trabajo de indagar quién y cómo es Sepp Herberger, ese otro genio que terminó siendo su guía. Y Ochoa lo descubre y lo sigue. Atesora cada una de sus palabras e interpreta sus decisiones para amoldarlas a nuestro medio.

Gabriel Ochoa Uribe aprendió de muchos, comenzando por el maestro Adolfo Pedernera, pero no menos de Herberger y de Martim Francisco. Quienes estuvieron bajo su dirección con las tres camisetas de los Millonarios, Independiente Santa Fe y América de Cali entendían desde un principio el papel que iban a jugar en una familia en la que la filosofía estaba escrita en piedra: “Ganar no es todo, es lo único”. Con esa frase se levantaban y con esa se acostaban, para soñar con ella. 

Cuando Ochoa volvió de Brasil y en el 59 se hizo director técnico de los Millonarios (tenía apenas 30 años de edad), armó un equipo normal que luego resultó siendo importante, antes de ser campeón.  E igual pasó con la seguidilla de títulos en 61, 62 y 63. E incluso con la influencia que heredó el equipo en el 64, cuando se fue antes de iniciar el campeonato. El modelo Ochoa funcionó porque tenía garantía, más allá de que por allí pasaron leyendas para los hinchas azules como Carlos Arango, Delio ‘Maravilla’ Gamboa, Marino Klinger Y Ricardo ‘Pibe’ Díaz, para hablar solo de los nacionales.  

Y así como fue el verdadero autor de esas conquistas, también fue ese Gabriel Ochoa Uribe de pies a cabeza el que en ese 64 no admitió (cual si fuese el mismísimo Martim Francisco) que les tocaran a sus jugadores. “Tuve un enfrentamiento con el presidente, Roberto Valencia. Ya habíamos contratado a Marino Pintuco Aguirre, que venía de Medellín, y en la junta no aceptaron esa negociación. Le dije al presidente: ‘Mi palabra es una sola. Le prometí al jugador que lo traía y tú diste tu palabra’. Me replicaron que si jugaba Aguirre me despedían. El muchacho jugó y al otro día me pasaron la carta. Volvería en el 72 para dar a luz una estrella más y con ella un trío de miedo (Brand, Ortiz y Morón).

Estaban ahí, tomados de la mano, el carácter y los principios.  Siempre ha sido así. Beto Ochoa salta de esas memorias a las propias  para contar cómo el 31 de octubre de 1987, en el Estadio Nacional de Santiago, otra pudo ser la historia de no mediar esos rasgos y esa línea tan clara de su padre.  

“En algún momento, viendo cómo iban las cosas mientras Peñarol apuraba y faltaba tan poco tiempo, nos dijimos con Roberto Cabañas: hay que tirar balones al campo. Los uruguayos se van a salir de la ropa y el árbitro termina esto. “¿Listo?”, le dije a Roberto, mientras le tomaba la medida a la pelota que tenía entre mis manos. “¡Listo!”, dijo Roberto, con la suya a tiro de ponerla en las barbas del propio árbitro. Pero algo nos llevó, de manera automática, a mirar a los ojos de mi padre. Digamos que no podíamos pasar por encima de su autoridad.  Lo que me sorprendió es que él ya nos estaba observando. “¡No!”, me gritó, aparte con esa mirada que no admitía réplica, “¡no vas a hacer eso!”. “¡Y tú, Roberto, tampoco, ni se les ocurra!”. Entonces, dice Beto, ambos nos tragamos la idea y vino lo que sabemos. Así fue papá.

A esta semblanza le falta una página importante, la que Gabriel Ochoa Uribe escribió en Independiente Santa Fe en 1966, cuando se atrevió a cruzar la vereda de azul a rojo y le dio al ‘Cardenal’ un título que vale aún más que una estrella por el orgullo de haberlo tenido en esas filas.

Podemos decir entonces, como muchas generaciones, que fuimos, somos y seremos contemporáneos del médico. De ese hombre que existió, existe y existirá en todas las memorias del fútbol. El pionero y el vanguardista eterno: Gabriel Ochoa Uribe, Maestro de Maestros.



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